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¿Feliz? Navidad: Cómo la Abogacía Holística transformó un conflicto en un acuerdo consciente

  • Foto del escritor: Paula Buriticá
    Paula Buriticá
  • 27 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Este veinticuatro de diciembre no arrancó con natilla, buñuelos y villancicos. Empezó en medio de un conflicto. Fue una víspera de Navidad precedida de una discusión que me apretó botones internos que desencadenaron una avalancha de rabia y tristeza que parecía desproporcionada a la conversación que las desató. Durante el veintitrés, el epicentro de la avalancha fue recogiendo un cúmulo de memorias emocionales estancadas en mi biología que aprovecharon la sinergia para apretarme el cuello, pisotearme el esternón, revolverme la barriga y paralizarme las piernas.


El consejo trillado de no irse a dormir peleando no se siguió en mi casa la noche del veintitrés de diciembre. Se durmió poco y en espacios separados, porque ni todo el kit de herramientas de gestión emocional que cargo en la maleta hoy en día logró alquimizar el desasosiego que desató la avalancha.


El veinticuatro arrancó con la continuación de una conversación que había quedado en pausa el día anterior. Lo que se estaba discutiendo no era un tema menor; una de mis relaciones más importantes hoy en día estaba en juego.


Pero ahí empezó la magia de la Navidad, con una conversación. En otro momento de mi vida, esa conversación hubiera terminado en una masacre. Una masacre de egos con mecanismos inconscientes de defensa violentos cuando se sienten atacados, que salen a matar con fuerza titánica, que ensordecen con gritos y que usan las palabras como dagas que hieren donde más duele.


Pero gracias al trabajo que he integrado en mis formaciones de Quantum Leap Training™, Coaching Jurídico y Pensamiento Sistémico, hoy puedo ver cuando esos titanes inconscientes se despiertan, cuando el tono de voz cambia, los cuerpos se tensan, las miradas se vuelven esquivas y empezamos a bufar como bestias.


Aprender a apaciguar a mi titán, y oír con amor al de mi contraparte, evitó que mi sala se volviera un campo de batalla con corazones rotos rodando por el suelo. En su lugar, mi sofá se volvió un espacio seguro para hacer preguntas, realizar pedidos claros y llegar a compromisos para corregir comportamientos hirientes.


Este año no me gané el “negocio del año” en ninguna publicación legal, pero si existieran medallas de Marshall Rosenberg en comunicación no violenta, mi novio y yo nos hubiéramos ganado la de oro.


El espacio de diálogo fue posible gracias a mi formación en coaching jurídico. Entrenarme en comunicación no violenta y escucha con todos los sentidos y desde el corazón me permite ver en tiempo real lo que se está despertando en mí cuando algo duele y neutralizarlo con curiosidad. Me permite estar abierta a entender al otro y lo que esta situación viene a mostrarme, en lugar de querer explicar y defender mi punto de vista. Esta forma de abordar el conflicto permitió que mi mañana del veinticuatro fuera el preámbulo de la renovación y actualización de un acuerdo, y no una masacre del inconsciente negligente.


A pesar de que esa conversación trajo tranquilidad, mientras recibía tarjetas de Navidad con mensajes alegres en todos mis chats y escribía mensajes joviales, en mi cuerpo la tormenta interna seguía decantándose con lágrimas y sollozos. Una conversación le dio paz a mi mente, pero no sació el hambre de la rabia y la tristeza estancadas en la biología. Esto ya no se trataba solo de mí; acá había información que se había removido de mucho tiempo atrás.


Entonces mi cuerpo empezó a sacar sus memorias como pudo. Hubo más gritos de dolor y vómito que en un exorcismo. Parecía que todas mis ancestras estuvieran depurando sus penas no atendidas a través de mí. Pero esta vez, en lugar de resistirme como lo hubiera hecho en el pasado, dije: “venga, que salga lo que tenga que salir, acá les pongo el cuerpo”, porque esta Navidad nacemos nuevas. Y saqué todo el kit de herramientas de respiración para atravesar el dolor.


En la tarde llegaron los refuerzos: mi mamá, mi hermana, mi abuela y Siena (nuestra perrita); enteradas de que en esta casa había tormentas, llegaron a acompañar. Y este acompañamiento fue especial. Esta vez nadie llegó a rescatar, a decirle a otra qué hacer, o a tratar de remover la tristeza con consejos. Solo llegaron con comida, presencia, amor y respeto, recordándome que tengo el sistema de apoyo más sólido del mundo.


Esto no hubiera sido posible años atrás.


El acompañamiento que sostiene sin salvar ha sido posible porque todas estudiamos las leyes sistémicas, constelamos juntas y hemos ido a las terapias de nuestra preferencia para trabajar en nosotras.


En otro momento, el grito de dolor hubiera sido la carnada perfecta para la feria de salvadoras que fuimos. Pero esta Nochebuena llegó a mostrarme que ahora esta es una familia de adultas, donde nadie salva a nadie, pero todas nos apoyamos. Y me mostró cómo se ve el trabajo que hago en la práctica, cuando las familias se ordenan en el sentido sistémico del orden: respetando las leyes de pertenencia, jerarquía y el equilibrio entre dar y recibir; y cuando cada quien entiende que no tiene que salvar sino acompañar, el amor fluye.


Y así, en este hogar el amor fluyó en la Nochebuena. Ninguna estaba vestida de brillantes, no hubo música alta ni trasnochadas. Hubo películas, abrazos y brindis tranquilos.



Esta fue una Navidad feliz. No estuvo llena de alegría eufórica, ruidosa y luminosa, sino de una felicidad discreta y profunda. La que sabe que el conflicto revela, corrige y teje mejores acuerdos; la que sabe que se puede encontrar paz en medio de la tormenta; la que trae calma mientras exorciza al cuerpo de tristezas y rabias estancadas; la que trae certeza de que el trabajo interno nos ha transformado profundamente y no se manifiesta en grandes fiestas, sino en presencia plena.


Para esto sirve la abogacía holística: para resolver conflictos con amor y forjar acuerdos conscientes con preguntas poderosas y comunicación no violenta, para tejer puentes para comprender al otro en lugar de ganar argumentos, para ordenar los vínculos con trabajo interno y permitir que al amor fluya. Esta navidad me dio el regalo más valioso del año, ver mi trabajo en acción, en tiempo real, ver sus efectos encarnados.


El día de navidad en esta familia nos levantamos renovados, con vínculos restablecidos y más fuertes, con fuerzas y energía para seguir construyendo y con la felicidad de haber celebrado la nochebuena más pacífica, unida y amorosa que recuerdo.  

 

Así que, felices fiestas a todos, espero que las suyas hayan estado igual de amorosas a las mías.


Si tú también quieres integrar herramientas para resolver conflictos de forma efectiva, te tengo buenas noticias:


En febrero iniciaremos el primer programa del Instituto Internacional de Coaching Jurídico de la Escuela Bril de Sabiduría, capítulo Caribe, en donde vas a poder entrenarte y certificarte en las competencias del coaching jurídico, uno de los pilares de la abogacía holística.


Si estás interesado, escríbeme para más información:



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